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El cartel de Quincemil


Ni de la sazón ni de la carta. Ni de los gustitos ni los sabores de la selva. De nada de eso tratará este texto que, dicho sea de paso, será breve, como fue la parada o escala en el pueblo de Quincemil, un bosquejo de urbanidad en las márgenes de la kilométrica vía que une las regiones de  Madre de Dios y Cusco.
Tampoco escribiremos o especularemos sobre si “El Rambo I”, el camioncito verde militar estacionado o abandonado al otro lado del asfalto interoceánico, todavía está operativo a pesar de su pinta de carcocha y su parabrisas roto. Y, bueno, también hay que decirlo, no relataremos ninguna historia de secos y volteados en el bar “El Amigo”.

No por falta de ganas, menos por una naciente vocación de abstemio del autor de estas palabras. Lo cierto es que dicho centro de diversión estaba cerrado, quizás porque era lunes, tal vez porque el reloj no marcaba ni las once de la mañana, hora inapropiada –salvo mejor parecer- para entregarse al empinamiento del codo.

Pero no inapropiada para darse un gustito gastronómico o, mejor dicho, un "Gustitos de la Selva". Esa era el nombre del restaurante que estaba en la misma acera, una acera de cemento y cascajo, compartida por el bar ya mencionado y una boutique sin nombre en la que se exhibían polos en unos maniquíes que eran puro busto.

Como dijimos al principio o en la entrada, no haremos una reseña de la sazón ni de los platos del citado restaurante; más bien, nos centraremos en su valla o cartel, colocada en una posición estratégica, visible para todos los conductores que van y vienen por la Interoceánica y tienen ganas de satisfacer un gustito.

El cartel no sorprende por su originalidad. Sencillamente es más de lo mismo. Letras grandes en rojo, negro y verde, un fondo boscoso, un par de papagayos, un plato bien servido de lomo saltado, y, claro, como no, la imagen de una señorita de sonrisa invitadora, vestida, o, mejor dicho, apenas vestida con un traje típico de la selva.

Pero siendo sincero, no es la señorita de las prendas escasas ni el platón de lomo saltado, los que resaltan en la valla. Al menos para el ojo de este viajero. Y no es que este pechito no le entre con entusiasmo a la comilona o se haga el bizco cuando tiene al frente, en persona o en foto, a una agraciada muchachita.

Aunque en esta ocasión, la atención cayó prisionera de un error ortográfico. Sí, una palabra mal escrita, se exhibía impunemente y sin que pareciera existir el más mínimo propósito de enmienda. Al verla, el gustito prometido se convirtió en un incipiente disgusto, generador de inapetencia y ganas renovadas de irrumpir en El Amigo.
O, en caso contrario, escapar a toda máquina en El Rambo I, bueno, si es que el camioncito verde encendía, lo cual era bastante complicado, tanto o más complicado que “escojer”, sí, “escojer” con “j” no con “g”, uno de los extras que se ofrecen en el Gustitos de la selva de Quincemil.

Y como no se qué es eso de “escojer", mejor ni entro al restaurante, mejor escojo la retirada, la partida, el viaje por esa carretera que une la Amazonia y los Andes. Esta travesía con falta de ortografía que, si me lo preguntan, la volvería escoger una y otra vez. Quizás para la próxima ya está corregido el cartel.   

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