
Sería un viaje largo y tortuoso. No tanto por las condiciones del camino, tampoco por las dudosas comodidades del bus, sino, más bien, por culpa del azar, la casualidad y la mala fortuna, por qué como podía imaginar, prever o sospechar siquiera, que el asiento número tres sería ocupado por un tipo enorme con dimensiones de ropero antiguo.
Y el gigante se acerca y se sienta y se desborda. Su cuerpo trasciende al asiento cuatro, ocupado por este humilde y chaparro servidor que, ante la invasión de su espacio vital, espera al menos una palabra o sonrisa a manera de excusa o un estratégico reacomodo o retirada de los rollos intrusos.
Pero no ocurre ni lo uno ni lo otro. ¡Qué lástima!, el ropero me obligaba a utilizar medidas extremas, a ponerme bravo, a hacerme respetar por las buenas o por las malas, caray, o acaso creía que me había amedrentado con su cara de guardaespaldas estreñido y su porte de Charles Atlas en decadencia.
Con voz firme, decidida y a la vez respetuosa, le comunico al invasor que debe reacomodar su masa corporal y despejar mi asiento; en caso contrario -agregué- me veré obligado a tomar medidas radicales, las cuales prefería evitar para bien de ambos.
A mi entender el mensaje era bastante claro y no dejaba espacios para las dudas, pero mi interlocutor pareció no oírlo y, si lo oyó, lo interpretó de otra manera, porque en vez de replegarse, decidió expandirse con total desvergüenza y desparpajo.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Su desafiante actitud era una abierta declaración de guerra.
“A la carga mis valientes”, me arengué con espíritu bélico, antes de desatar una persistente ofensiva de hombrazos y codazos, con la que buscaba retomar mis posiciones en el asiento de ese bus empitonado que en una noche sin luna y sin estrellas, devoraba kilómetros en la carretera Panamericana Norte.
Ataqué una y otra vez sin lograr resultados positivos. Mis descargas eran ignoradas olímpicamente, tanto así, que en cuestión de minutos el gigantón se quedó dormido, como si mi “artillería” fuera una especie de canción de cuna.
La situación se agravó cuando mi vecino de asiento -quizás a consecuencia de mis golpes- comenzó a roncar estruendosamente, entonces, opté por interrumpir las hostilidades y replantear mis planes de ataque.
Qué hacer. ¿Pedir ayuda a la terramoza? –señorita, señorita, el "señor ropero" no me deja dormir…- Bah, eso no sirve, mejor sigo pensando... hum... y si busco un asiento vacío -mala suerte, no hay ninguno, el bus está lleno-.
Y si reinició las hostilidades y si hago un berrinche y si le meto un pisotón. Nada me convence. Nada es viable, así que de pura frustración decido continuar con los codazos, al menos me permiten desfogar mi cólera contra el individuo que, literalmente, me tiene contra la ventana del bus (esta frase parece sacada de una novela de amor. No piensen mal por favor).
Así, entre golpes y ronquidos, me fui resignando al obligado insomnio carretero, que me haría pasar en vela las 16 horas que dura el viaje entre Piura y Lima. El tramo final de un maratónica travesía por la costa y sierra ecuatoriana.
Perdí la batalla, lo admito a regañadientes, mientras veo al gran “ropero roncador” repantigarse en buena parte de mi asiento.
Al menos alguien dormirá bien, sentencio magnánimo al soltar el último codazo.Luego, cuelgo mis ojos en la oscuridad y pretendo creer que las brumas de esta noche de insomnio, son parte de un sueño... el sueño de viajar por los Andes, de viajar por el Perú.
Comentarios
Saludos,
Alejandro
Peru Food
No te preocupes, en el 2007 Explorando seguirá en la ruta. Gracias por tu comentario y éxitos en el año que empieza.