sábado, diciembre 09, 2006

Algo de Lima...

En Explorando se ha escrito relativamente poco sobre Lima, la capital del Perú. Quizás sea por un afán descentralista o, tal vez, debido a esa relación de "amor-odio" que me enfrenta y me une con mi ciudad natal, la que me ha llevado a obviar -sin quererlo- sus atractivos y encantos.

Ayer, revisando en mis archivos, encontré una anécdota relacionada con la inauguración de la Plaza San Martín que, en su momento, me sirvió para nutrir los párrafos de un artículo sobre los principales espacios urbanos de esta "tres veces coronada villa".

En mi afán de saldar la deuda informativa que tengo con mi ciudad, me animo a compartir esta "perlita" con ustedes:

El tímido San Martín

En 1919, a dos años del centenario de la independencia del Perú, Agusto B. Leguía asume la Presidencia de la República.

El flamante mandatario encontró en la edificación de la Plaza San Martín, en los antiguos terrenos de la estación de San Juan, una vía de expresión de los nuevos vientos que él quería imponer en el país.


Impulsado por aquella inquietud, Leguía se esforzó por hacerla diferente a todas las plaza de la ciudad, tanto así que “construida ya, fue preciso deshacerla por razones estéticas y comenzar la construcción de la actual”, escribiría entonces un redactor del diario La Prensa.

Hasta que llegó el esperado momento de la inauguración. Rostros tensos y emocionados miraban fijamente la silueta del monumento al generalísimo don José de San Martín, cubierto con una lona negra para ponerle un manto de misterio al 27 de julio de 1921, víspera del Centenario de la Independencia.

Representantes de todo el mundo, acartonados y serios como ameritaba el magno acontecimiento, ocupaban el estrado oficial. Era una gran fiesta y nada ni nadie podría opacar en lo más mínimo el merecidísimo homenaje al libertador… bueno, al menos eso es lo que se creía en aquel momento.

Los minutos se estiraban. La expectación crecía, todos querían ver el monumento de bronce, piedra y mármoles españoles, creado por el escultor catalán don Mariano Benluire. La obra, en su parte superior, representaba el paso ecuestre del libertador por las alturas andinas.
Esta figura se apoyaba sobre un pedestal de granito en forma de pirámide truncada, con un basamento escalonado.

Y llega el gran momento. El presidente Leguía se acerca a develar la imagen. Silencio absoluto, respetuoso pero efímero, porque todo se convertiría en estruendosa ovación cuando la lona cayera… pero algo pasa. No cae, el nudo corredizo no funciona, la figura del generalísimo se oculta, como si no quisiera recibir los aplausos.

Estupor general, nadie entiende lo que ocurre. Se frustan los aplausos. De pronto, Artidoro Cossío, un chico cualquiera surge de entre la multitud y “con laudable arrojo y comprendiendo la situación creada al no poder descubrirse el monumento, ascendió intrépidamente y lo descubrió, impresionando al público con la osadía y el valor demostrado tan oportunamente.
Esa acción realizada sin más interés que el que se pone en los actos patrióticos, despertó gran simpatía...”, reseñó la revista Variedades.

Pero los problemas e imponderables de la tan esperada inauguración no terminaron ahí. Después de develar el monumento, el joven se dio con la sorpresa que, al caer la lona, se había quedado sin soga para poder bajar.

Al darse cuenta de la altura a la que se encontraba -cerca de 16 metros- optó por lo más seguro y con sus brazos y sus piernas se cogió fuertemente al caballo de bronce de don José de San Martín.

Minutos después aparecieron los efectivos de la Compañía de Bomberos Lima, y con la ayuda de una escalera telescópica lograron que el muchacho descienda. Por fin se escucharon claramente los aplausos.

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