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No hay primera sin segunda

Era la segunda vez que visitaba Tingo María. Aunque viéndolo bien podría decir que fue la primera.

Y es que en la ocasión anterior no conocí nada, excepto el aeropuerto y un puñado de chacras.

Allí un grupo de funcionarios y técnicos de no recuerdo bien que ONG o agencia internacional, se afanaban por mostrarme que la sustitución de cultivos era un exitazo en tierras tingalesas.

Aquellos hombres sonrientes y entusiastas no parecían darse cuenta o –mejor dicho- no querían darse cuenta que al ladito nomás, crecían vigorosamente varios plantones de coca. Ellos sólo tenían ojos para el cacao y el café, sembríos que, en su opinión, acabarían con el reinado cocalero.

Todo esto paso hace varios años, quizás en el 99, tal vez en el 2000. Bah, no lo recuerdo con exactitud, lo que si tengo muy en claro es que el día se pasó volando en las chacras y ya era hora de regresar, también volando, al mustio desorden limeño y a la amodorrada redacción en la que trabajaba.

Ida y vuelta nomás fue aquel viajecito. Ida y vuelta que casi se frustra por una tormenta sorpresiva que atrasó el despegue e hizo surgir el rumor de la cancelación.


Rumor bien acogido por este pechito que no veía con malos ojos el pasar una noche exóticamente lluviosa en Tingo María (provincia de Leoncio Prado, Huánuco).

Qué no despegue, qué no despegue, pensé y deseé con la misma convicción con la que hace unos días, volví a pensar y desear que por obra y gracia de una de las tantas cosas raras y hasta inverosímiles que suelen ocurrir en el país, el ómnibus que me traía de retorno a Lima, diese la media vuelta y regresara a la ciudad de la Bella Durmiente.

Y faltó muy poquito para que eso ocurriera. Esta vez no fue la tormenta sino el motor del bus el que exhaló su último suspiro en plena carretera. No daba más y nos quedamos botados a sólo 45 minutos de la ciudad. ¿Vamos a regresar ?, ¿se acabo el viaje?, pregunté con franca alegría al chofer; pero su respuesta me bajó la moral, mató mi postrera esperanza.

“Cómo cree señor, vendrá el retén” dijo y tuvimos que esperar dos horas hasta la aparición del bus suplente. Retornaría sin querer retornar. La historia se repetía aunque esta vez, a diferencia de la primera visita, no paseé por ninguna chacra y logré conocer más de un lugar interesante…

¿Cuáles?... uhm, eso lo relataré en otra entrada. Paciencia estimados lectores. Debo irme ahora. Tengo que arreglar mi mochila. En la noche salgo para el bosque de piedras de Huayllay en Pasco. Y es que la aventura continúa. No hay tregua cuando se trata de explorar el Perú.

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