
De tanto viajar me olvidé de escribir. Me siento en falta con ustedes, abnegados y apreciados lectores de Explorando; y, también, estoy en deuda con la gente que conocí y me apoyó en mis últimas aventuras.
Y es que aún no cumplo con transmitir el mensaje de los pobladores de Galilea, El Dorado y Nueva Omia, caseríos a los que se llega sólo caminando, comunidades fundadas por emigrantes de las serranías de Piura y Cajamarca, que encontraron en la espesura del monte un lugar para cimentar sus anhelos y esperanzas.
Tampoco he escrito las palabras trajinadas de los arrieros con los que conversé, durante mi andar por aquella trocha enlodada y pantanosa que laceró las plantas de mis pies; esa trocha por la que retornaría a lomo de bestia, cuando mis ampollas ya no me permitían caminar; esa trocha que, algún día tal vez, se convertirá en carretera.
“En época de lluvia el barro llega hasta aquí” –se señala la cintura, aquieta a sus mulas, se acomoda la gorra un arriero que detiene sus pasos para conversar conmigo, para decirme que ya falta poco, aunque aún falta mucho. Nos despedimos. Se aleja. Sigo sufriendo con el lodo, con los charcos, con las bajadas resbalosas.

Hay mucho más por decir y contar. Estos recuerdos son sólo el principio, la primera entrada sobre una travesía que la desidia o las premuras viajeras, casi condenan al olvido.
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Saludos,
r.v.ch.