Donde el autor, explica alguna de las razones que lo llevaron a abandonar el baile en las fiestas patronales, o, dicho de otra manera, a bailar única y solamente con su cámara fotográfica en esas efemérides.

Ni siquiera tuve tiempo para reivindicar mi peruanidad mostrando mi ajada libreta electoral de tres cuerpos, porque después de su puyazo verbal, la venerable ancianita salió despavorida en busca de pareja más competente.
La encontró sin problemas. Todos en esa reunión parecían ser consumados e infatigables danzarines que resistían los infinitos arrebatos musicales de una banda que seguramente se llamaba magnífica, espectacular, auténtica o poderosa.
Con razón la abuelita no había querido perder más tiempo conmigo. Ella estaba ahí para disfrutar de lo lindo, no para enseñarle a un muchachito que solo sabía dar pisotones y tenía menos gracia que un zombi.
Después de escucharla me refugiaría abatido y apesadumbrado en un rinconcito de aquel club provincial en Santa Anita o Ate, al que había sido invitado por un colega de verbo desbordante.
Lo que no puedo precisar es qué virgen era celebraba aquel domingo. Tampoco sé de qué pueblo provenían los festejantes. Solo recuerdo claramente la memorable frase de la abuelita y al “patita” macerado en alcohol que quería poner en su sitio a un periodista.
No a mí, que seguía entristecido por mi estrepitoso fracaso con la veterana danzarina, sino a un amigo que, entre paso y paso, le andaba metiendo letra con afanosa constancia e inesperado éxito, a la ex del ahora desconsolado “patita”.
El ataque era inminente. Mi amigo quería presentar pelea. Claro, él era grandote, y se preciaba de ser cultor vaya uno a saber de qué arte marcial y, por último, era él quien estaba afanando a la digamos manzanita de la discordia.
Este pechito, en cambio, que no tenía vela en ese pleito y no era el objetivo del furibundo Romeo, sabía que por solidaridad gremial terminaría involucrándose en el inminente "tole-tole".
Por eso quería marcharme a cualquier lado, cargando sobre mis hombros mi flamante condición de apátrida y paria del ritmo. Eso sí, nada de correr de manera vergonzosa, por más que el "enemigo", con descarada hostilidad, empezaba a agrupar una fuerza de choque.
Dicho accionar terminaría por convencer a mi compañero de la urgente necesidad de abandonar la celebración. Una cosa era trompearse con uno o, en el peor de los casos, de uno en uno, y otra muy distinta, ser abollado en mancha.
Ahí sí que me iban a hacer bailar de lo lindo, pero a puñetazos, lo que sin duda alegraría a la abuelita que me había dejado tirando cintura. Quizás a golpes aprendía a ser peruano y a zapatear como es debido.
Lo ocurrido aquella noche se ha repetido más de una vez en mi vida. No por la casi bronca –soy un ciudadano pacífico- sino por mis evoluciones poco acompasadas en las fiestas patronales, donde siempre he tenido dos piernas derechas.
No tengo remedio. Nunca encuentro el ritmo y, cuando eso ha sucedido por obra, gracia y milagro de la chiripa, los músicos por capricho o alguna otra desdichada razón, silencian sus instrumentos o cambian de tonada, entonces, debo reiniciar mi penosa búsqueda de un movimiento corporal armónico.
Es mi triste realidad. Una realidad que en mis primeros años de periodista viajero quise revertir, pensando equivocadamente que la práctica hace al maestro. Todo fue en vano. Siempre lo hice mal. Jamás recibí un aplauso.
Poco a poco me fui cansando de las miradas compasivas de mis eventuales parejas y de las risitas contenidas o abiertamente burlonas de los espectadores. Por eso, agobiado por las burlas y de prodigar pisotones, me convencí de que todo era inútil.
El baile no es lo mío y punto. Lo terminaría de comprender la noche en la que un grupo de señoras –enviadas por un dizque amigo- me rodeo con voracidad danzarina en una esquina polvorienta del pueblo de Aquia.

Y la banda tocó diez, veinte, treinta minutos, tal vez hasta una hora. Las señoras me hicieron añicos. Ellas bailaban como endemoniadas. Sus movimientos eran impactantes, apasionados y febriles.
Los míos eran torpes, dubitativos y enredados. De nada sirvió que me esforzara, que le pusiera empeño, que me muriera de ganas de hacerlo bien. Igual no estuve a la altura del reto. Ellas, simple y sencillamente, me dejaron con el cuerpo casi dislocado.
Cuando culminó aquella masacre, me acordé de la celebración en Santa Anita o Ate y de la abuelita que me dejó sin patria; entonces, amparado por ese suceso vivido en tiempos lejanos de libreta electoral, estuve a punto de mostrar mi DNI por si alguien dudaba de mi peruanidad.
La otra era salir rapidito pero sin perder la compostura, aunque esta vez no merodeaba ningún ex novio con ganas de acuñar a un “gilerito” de ocasión.
El motivo de mi prisa era otro: la vergüenza, el “roche” y, sobre todo, el temor.
Que pasaría conmigo si las señoras creían ciegamente en aquello del no hay primera sin segunda. En ese momento no tenía ninguna intención de arriesgarme.
Y es que esas damas –lo confieso- me daban más miedo que aquel Romeo y todos sus compinches. Ese miedo no se disipa hasta hoy. Tal vez por eso ahora solo bailo con mi cámara. Total, con ella siempre hago clic.
*Las imágenes no son de los hechos narrados en esta crónica. Son parte del archivo de Explorando y solo buscan graficar la entrada.
*Las imágenes no son de los hechos narrados en esta crónica. Son parte del archivo de Explorando y solo buscan graficar la entrada.
Comentarios
Son cosas que pasan por no saber bailar. Por ahora sigo bailando con la cámara.
r.v.ch.