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Viajar para escribir

Como en la repetición está el gusto y, además, no hay primera sin segunda, en marzo vuelve el taller de crónicas Viajar para escribir , una oportunidad de compartir con todos los que aman los caminos y la palabra escrita, lo que he aprendido -poco a poco, paso a paso- en las redacciones y en las rutas de todo el país. En esta aventura no ando solo. Me acompaña el explorador Clever Sobrino, amigo y aliado a quien conocí en Tarma. Entusiasta de los viajes y del montañismo, él transmite su experiencia en los caminos dando pautas para organizar una travesía exitosa, segura e inolvidable. Si te gusta viajar y escribir o si te gusta viajar y no sabes cómo contar tus experiencias, te espero en el único taller que te enseñará a mantener a flote todos tus relatos. Será un gusto conocer, será un gusto que estés ahí.   

Viajar, sí... pero ¿en domingo?

Donde el autor, al momento de salir de excursión hacia la catarata de Huanano (San Jerónimo de Surco, Huarochirí) con los participantes del taller Viajar para escribir , reflexiona e intenta explicar por qué no es un fanático de las salidas domingueras ni de los voy y vuelvo viajeros.  No me gustan las excursiones de un día. Esas en las que el viajero despierta a una hora infame y se echa andar a paso de zombi por las calles vacías. La situación empeora si la salida es el domingo, jornada que debe consagrarse al descanso y la meditación. Eso es lo que ordena el Todopoderoso y, si bien no tengo actitudes de beato ni vocación de santo, en este punto soy más riguroso que el mismísimo Creador. En mi modesto parecer, cualquier actividad dominical debería considerarse como pecado mortal. Pero quién soy yo para darle consejos al de arriba, es más, quién soy yo para atreverme a aconsejar a los que andan aquí abajo, digamos en una coaster en la que no escasean los borrachit...

Clases de verano

El cartel de Quincemil

Ni de la sazón ni de la carta. Ni de los gustitos ni los sabores de la selva. De nada de eso tratará este texto que, dicho sea de paso, será breve, como fue la parada o escala en el pueblo de Quincemil, un bosquejo de urbanidad en las márgenes de la kilométrica vía que une las regiones de  Madre de Dios y Cusco. Tampoco escribiremos o especularemos sobre si “El Rambo I”, el camioncito verde militar estacionado o abandonado al otro lado del asfalto interoceánico, todavía está operativo a pesar de su pinta de carcocha y su parabrisas roto. Y, bueno, también hay que decirlo, no relataremos ninguna historia de secos y volteados en el bar “El Amigo”. No por falta de ganas, menos por una naciente vocación de abstemio del autor de estas palabras. Lo cierto es que dicho centro de diversión estaba cerrado, quizás porque era lunes, tal vez porque el reloj no marcaba ni las once de la mañana, hora inapropiada –salvo mejor parecer- para entregarse al empinamiento de...

Clic de la semana

En la esquina de una plaza de Armas convertida en campo deportivo y bajo el amparo de unos arcos probablemente centenarios en los que nadie hace goles, un pintor le da los toques finales a su obra. Ajeno a los mates puntos y a los jaques mates que todos los domingos se festejan en aquel rincón de urbanidad, el maestro se concentra en su tarea de perpetuar en un lienzo la estampa colonial, barroca y mestiza de la Catedral de San Antonio de Huancavelica.  El inspirado vaivén de su pincel atrae la atención de los transeúntes. Ellos aminoran sus pasos. Lo rodean. Lo admiran. Quieren que termine su obra, pero él demora y retoca una, dos, tres veces. Se detiene. Ve el templo. Mira el cuadro. Reflexiona. Reinicia su trabajo.  Pero la gente se amodorra, se cansa, se aburre porque el maestro -con artística obstinación- insiste con sus retoques por más que el cuadro pareciera estar listo; entonces, se marchan a la feria dominical, a los baños de San Cristóbal o a solazarse ...

Nostalgia periodística

Donde al autor -a falta de algo mejor o peor que hacer- se deja llevar por la añoranza y rescata de su memoria una anécdota del siglo y del milenio pasado, lo que demuestra, dicho sea de paso, que ya está bastante recorrido. Aquel domingo mi cuadro de comisiones estaba cargado. Toda una novedad en mi apacible existencia laboral en la revista Sí, donde solo los días de cierre se presentaban vertiginosos. El resto de la semana transcurría apaciblemente, con escasos sobresaltos y esporádicos apuros.   Pero esa jornada era especial por varios motivos. Más allá de las comisiones encomendadas, me enfrentaba a dos situaciones inéditas en mi naciente carrera: trabajaría un domingo –algo que nunca hacía- y me estrenaría profesionalmente en una justa electoral, con acreditación especial y pase de voto rápido. Hoy, después de tantos años, no recuerdo con exactitud mi peregrinaje informativo. Me parece que estuve en algunos o en varios centros de votación, en el local de Transpa...

El despertar de la vocación

Un pálpito me llevó a estudiar periodismo. Digo un pálpito como podría decir que fue la casualidad o un auténtico champazo.  No sería exagerado afirmar, también, que llegué por descarte a la escuela de Comunicación Social, o, para ponerlo en jerga electoral, me dedicí por el mal menor. Claro, entre las profesiones llenas de cálculos, fórmulas y números o aquellas donde se diseccionaban cuerpos y se estudiaban virus, bacterias y todos los males habido y por haber, las letras y humanidades surgían como una esperanza y una salvación.  En aquel momento de incertidumbre, ese era ya un tremendo avance. Pero aún quedaba un problema. Qué carrera de letras escogería.  ¿Sería de utilidad en estos casos echar una moneda al aire o apelar al desesperado de tin marín de do pingüé ? Esas disquisiciones atribulaban mi existencia hasta que apareció el pálpito o la casualidad o el argumento del mal menor de los que les hablé al principio. Eso sí, en aquel momento, la...