De excursiones frustradas y rodillas adoloridas
Mi padre culminaba sus filosóficas sentencias con un tajante “no sigan mi ejemplo” o algo parecido, en referencia a su hábito de dejar todo para el instante final. Lamentablemente no le he hecho caso -lo siento padrecito- porque en ese aspecto soy como tú, es decir, todo o casi todo lo hago a la última hora, al borde del cierre como se dice en las redacciones. Quién sabe si por eso me volví periodista.
Pero Explorando no tiene hora de cierre ni fecha de publicación. Así que no hay ningún motivo para apurarme con esta nota, más aún cuando ni siquiera debería estar aquí; sin embargo, aquí me tienen frente a la pantalla, golpeteando las teclas y dejando que las palabras salgan tal como vienen de mi mente, ofuscada y enjundiosa, también triste, porque hoy -¿ya se los dije?- no debería estar aquí.
Y es que si la suerte no se torcía a última hora -¿ya se los dije?- en este instante debería andar en Pisco (Ica) y Huaytará (Huancavelica) y en vez de decirle ¡¡¡No!!!.... por enésima vez a las vocecitas telefónicas que quieren venderme seguros de vida, teléfonos inalámbricos y servicios de acceso a Internet, estaría recorriendo las curvas y pendientes de la carretera de Los Libertadores.
Sí, debería estar en Tambo Colorado, un inédito complejo inca hecho de adobe, no de enormes bloques de piedra. Enclavado en una de las rutas milenarias que unían el Pacífico con los Andes, el complejo –que he tenido la suerte de visitar anteriormente- es casi ignorado por los viajeros, como si estuviera condenado a la indiferencia u opacado por el fulgor arquitectónico de Machu Picchu o Saqsaywaman.
Ni en Tambo Colorado ni en Huaytará, con su iglesia colonial erigida sobre muros incásicos. Otra vez en Lima y, para colmo de males, con un intenso dolor de rodilla, como si viniera de una larguísima y agotadora travesía. Qué se le hace, a veces los caminos se tuercen y te conducen a lugares que no esperabas. Sí, incluyendo la silla que está frente a mi computador.















