
Dejar hacer y dejar pasar, esa parece ser la consigna, el pecado original de todos los dramas y penurias que generan los desastres naturales en el Perú, especialmente en los meses de verano.
Y es que siempre ocurre lo mismo, como si fuera parte de un espiral trágico, de un guión perverso que se repite constantemente y se inicia con el argumento simple y llano de culpar a la inclemencia brutal de la naturaleza.
Sí, claro, la culpa es de la lluvia torrencial que ensancha los cauces de los ríos y debilita las quebradas; entonces, las aguas se desbordan beligerantes o se producen huaycos terribles que arrasan campos de cultivo, casas, comunidades enteras... Arrasan con la vida.
Un pueblo, una ciudad, quizás una región colapsada. Lágrimas y dolor. Estado de emergencia, alertas naranjas y rojas. Conmoción. Autoridades que piden ayuda e invocan a la histórica solidaridad de los peruanos. Y mientras esto ocurre, los reportes de prensa muestran imágenes y fotografías de nuestros hermanos caídos en desgracia.
Esas son las fases recurrentes del espiral perverso, las consecuencias de ese dejar hacer y dejar pasar que se ha convertido en una especie de deporte nacional. Total, siempre será mejor echarle la culpa a la naturaleza que asumir nuestros errores como sociedad, nuestro estrepitoso y permanente fracaso en las tareas de prevención de desastres.
¿Será que somos incapaces de aprender de las desgracias? o ¿acaso nos hemos acostumbrado –de una u otra manera- a este dolor cíclico y recurrente, a esos llamados a la solidaridad, a estos reportes con nombres de compatriotas muertos o desaparecidos?
Lo acaecido recientemente en el distrito de San Ramón (Chanchamayo, Junín), conocido como la Puerta de Oro de la Selva Central, es una muestra clara de esa incapacidad y de la desidia de las autoridades y la población en su conjunto, para prevenir y anticiparse a los desastres naturales.
Y es que autoridad que ahora pide ayuda con desesperación es la misma que no pudo o no quiso reubicar a los pobladores que habitan en las márgenes de los ríos; y aquellos pobladores que lloran amargamente sus desgracias son, en muchos casos, quienes talan impunemente los árboles de las laderas, sin considerar que son barreras naturales frente a los aludes y huaycos.
Ríos colmatados, poblaciones surgidas en áreas de alto riesgo y un proceso de tala indiscriminada para ganar zonas de cultivo, son algunas de las causas que contribuyeron a incrementar los daños en la Selva Central..
Hoy es San Ramón, ayer fue la selva de San Martín y Huánuco. Mañana podría ser cualquier lugar del país. ¿Hasta cuándo seguiremos de manos cruzadas y culpando de nuestra falta de previsión a la naturaleza?
Y es que siempre ocurre lo mismo, como si fuera parte de un espiral trágico, de un guión perverso que se repite constantemente y se inicia con el argumento simple y llano de culpar a la inclemencia brutal de la naturaleza.
Sí, claro, la culpa es de la lluvia torrencial que ensancha los cauces de los ríos y debilita las quebradas; entonces, las aguas se desbordan beligerantes o se producen huaycos terribles que arrasan campos de cultivo, casas, comunidades enteras... Arrasan con la vida.
Un pueblo, una ciudad, quizás una región colapsada. Lágrimas y dolor. Estado de emergencia, alertas naranjas y rojas. Conmoción. Autoridades que piden ayuda e invocan a la histórica solidaridad de los peruanos. Y mientras esto ocurre, los reportes de prensa muestran imágenes y fotografías de nuestros hermanos caídos en desgracia.
Esas son las fases recurrentes del espiral perverso, las consecuencias de ese dejar hacer y dejar pasar que se ha convertido en una especie de deporte nacional. Total, siempre será mejor echarle la culpa a la naturaleza que asumir nuestros errores como sociedad, nuestro estrepitoso y permanente fracaso en las tareas de prevención de desastres.
¿Será que somos incapaces de aprender de las desgracias? o ¿acaso nos hemos acostumbrado –de una u otra manera- a este dolor cíclico y recurrente, a esos llamados a la solidaridad, a estos reportes con nombres de compatriotas muertos o desaparecidos?
Lo acaecido recientemente en el distrito de San Ramón (Chanchamayo, Junín), conocido como la Puerta de Oro de la Selva Central, es una muestra clara de esa incapacidad y de la desidia de las autoridades y la población en su conjunto, para prevenir y anticiparse a los desastres naturales.
Y es que autoridad que ahora pide ayuda con desesperación es la misma que no pudo o no quiso reubicar a los pobladores que habitan en las márgenes de los ríos; y aquellos pobladores que lloran amargamente sus desgracias son, en muchos casos, quienes talan impunemente los árboles de las laderas, sin considerar que son barreras naturales frente a los aludes y huaycos.
Ríos colmatados, poblaciones surgidas en áreas de alto riesgo y un proceso de tala indiscriminada para ganar zonas de cultivo, son algunas de las causas que contribuyeron a incrementar los daños en la Selva Central..
Hoy es San Ramón, ayer fue la selva de San Martín y Huánuco. Mañana podría ser cualquier lugar del país. ¿Hasta cuándo seguiremos de manos cruzadas y culpando de nuestra falta de previsión a la naturaleza?
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