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De la puna al mar: relatos del camino (II)


Bitácora de Viaje. Día 2 en la ruta del Chasqui, el Cóndor y el Guanaco.

Hora: 7 de la mañana.

"Amanece temprano en Iliacancha, el minúsculo caserío ayacuchano en el que pasamos la noche. Hoy el sol será nuestro guía y eso me preocupa. Temo que sus rayos calurosos calcinen mis reservas de energía. Guardo silencio. No expreso mi temor a los compañeros...

...Desayunamos de prisa (galleta, atún y sopa de sobre, ¿una delicia verdad?) y levantamos un campamento en el que no hay mucho por levantar (me pregunto si debo escribir que deje las varillas de la carpa en Lima)... Autocensura, pienso, mientras reacomodo mi mochila, pesada, odiosa, torturadora. Me encantaría dejarla. Es imposible.

...Antes de partir nos despedimos de la familia de Edgar Cantoral, quien nos permitió pernoctar en su corral. "Son los primeros visitantes que llegan a mi tierra", nos había dicho la noche anterior, mientras compartíamos un reconfortante caldo de cordero en su penumbrosa casita de adobe. Me siento un pionero, un descubridor. Vale la pena tanto andar.

...Es hora de marcharnos. Apretones de mano, palabras de agradecimiento, ganas de quedarse, de seguir compartiendo con Edgar, su esposa y sus hijos, también con el vecino macerado en hojas de coca y alcohol que no se explica el por qué estamos caminando. Él está seguro que nuestro andar es un castigo...

..."Qué condenan están cumpliendo ustedes", pregunta con ebria seriedad. Le explicamos nuestras razones; entonces ríe, se burla, no nos cree, piensa que estamos locos...

..Abandonamos Iliacancha por un camino estrecho, por un desordenado sendero de piedras sueltas que bordean las faldas de una montañas fabulosas que encañonan un río seco, sediento, víctima del calentamiento global y la necedad del hombre.

...Los hijos de Edgar, pequeños, chaposos, silenciosos, encabezan la hilera de andariegos. Ellos recorren todos los días el camino de herradura -el único camino- que conduce al vecino caserío de Chilca, donde funciona una modesta escuela...

...Una hora de ida y otra de vuelta, a pie. Quiero acompañarlos pero no puedo, sus pasos son excesivamente rápidos, diestros, quizás artísticos. Ellos se alejan, se pierden en el horizonte. No podré olvidarlos..." (Continuará).

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