lunes, enero 23, 2006

Baila el Altiplano (Parte I)

La Mamacha de Puno

Ante la proximidad de la fiesta de la virgen de la Candelaria, pusimos de cabeza nuestros archivos periodísticos para ver si encontrábamos algún texto relacionado. La búsqueda valió la pena, porque encontramos esta crónica inédita que relata los pormenores de una de las celebraciones más coloridas e impresionantes del Perú.

La mamita no está en la Catedral. No, ese era el templo de los principales, de los ricos que pretendían purgar sus pecados con sonoros golpes de pecho o ganarse el cielo con dispendiosos donativos que servían para robustecer los campanarios de piedra o acicalar los altares de los santos.

No, ella no está en la Catedral. Ella encontró un lugar en San Juan, esa iglesia pequeña, discreta, poco atractiva y de torres delgaduchas, donde oraba la gente del pueblo: mineros extenuados, campesinos harapientos, hombres y mujeres que no tenían nada en la vida, excepto esa fe –rara, extraña, a veces hasta incomprensible- traída del otro lado del mundo.

Allí está desde hace mucho tiempo, oyendo plegarias y lamentos, viendo bailotear la resplandeciente candela de los cirios, regocijándose con los cantos en español, quechua y aymara. Sí, está en San Juan, porque ella misma lo quiso, porque era ella –la Virgen- quien aliviaba el sufrimiento infernal de los mineros en los asfixiantes y oscuros socavones.

Cuentan que un día, allá en el año 1675, la Virgen se apareció envuelta en llamas en Laycacota para impedir que se cumplieran las órdenes del español José Salcedo, quien -inflamado de poder- pretendía destruir las casas de los indígenas que trabajaban incansablemente en la oquedad devoradora de las minas.

Y las apariciones se sucedían una tras otra. Y los comentarios sobre la piedad infinita de la madre de Cristo resonaban en las alturas. Y hasta se corrió el rumor de que ella solita, había derrotado a las huestes de hormigas, sapos y –como si esto no bastara- a una gigantesca serpiente enviada por el demonio con el maléfico objetivo de destruir Puno (3,827 m.s.n.m.).

Así nació la fe en la Virgen de la Candelaria, la engreída del altiplano, la mamita o “mamacha” de los campesinos y mineros, la bella señora de sereno semblante ante la que hoy se postran poderosos y desposeídos, creyentes y no tan creyentes, ángeles que luchan contra la maldad terrenal y diablos apóstatas exiliados del averno.

Un jalón de orejas
Unas cintas blancas cruzan el techo del templo como si fueran telarañas de fe. Las bancas están llenas. Los pasadizos repletos. Un niño llora, un celular repica con fastidiosa insistencia. Se encienden decenas de velas, se iluminan rostros cetrinos. Estalla un flash y el anda resplandece. Destellos plateados en la iglesia de San Juan.

Misa en honor a la Virgen de la Candelaria. Hombres y mujeres vestidos de domingo. Sacos lustrosos, corbatas que aprietan demasiado y zapatos con gotitas de barro porque el cielo se ha echado a llorar desde la noche anterior, frustrando los festejos de la víspera, humedeciendo la pólvora de los castillos de artificio, ahogando el estallido de los cohetes y bombardas traídos por los devotos de las comunidades cercanas.

La estentórea voz del párroco aniquila a los demás ruidos del templo. Todos callan y prestan atención... “el padrecito se ha puesto bravo”, musitan con temor... y es que el sacerdote habla de la fiesta y sus excesos nada santos, de la felicidad desmedida, de las danzas que nunca terminan, de las minifaldas demasiado cortas de las bailarinas y de los tragos que van y vienen y nunca se detienen.

Y los fieles guardan silencio y asienten con un leve movimiento de cabeza, mientras miran de soslayo a sus vecinos, como achacándoles las culpas de todos los excesos cometidos y por cometer en esa fiesta religiosa que se inicia el 24 de enero y culmina en las vísperas del carnaval, luego de un sinfín de bailes, rezos y brindis.

Respetuosos, asustados y quizás hasta un poquito arrepentidos, los puneños escuchan el sermón del padre... pero no le hacen caso. ¡Cómo se va a dejar de bailar para la mamita! Fiesta sin diablada o sin trago no es fiesta, porque a la virgencita le gusta que sus devotos dancen y le agradezcan vestidos de ángeles o demonios los milagros que ella les concede.

Sí, porque para la mamita no hay imposibles. Enfermedades incurables desaparecen más rápido que un resfrío, campos yermos se vuelven pródigos y productivos, hombres perdidos en las sombras del pecado retornan a la senda del bien; además, ella vela por la ciudad y su lago inmenso y legendario que está tan cerca del cielo, el Titicaca.

Cómo dejar de bailar, si los estudiosos del pasado y del presente, esgrimen, argumentan, aseguran que la fiesta de la Candelaria es una expresión del sincretismo religioso, en la cual el culto a una imagen católica se relaciona con antiguos ritos a la Pachamama o madre tierra... (Continuará)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo también soy católica y creo en la Virgen de la Candelaria. Si me cumple el milagro, voy a ir a verla. justo estamos en la celebración.