
Cuando era un niño mis padres me decían que debía escribirle una carta a Papa Noel, indicándole que juguetes quería en la Navidad. Si me había portado bien durante el año, aquel anciano fortachón de tupidas barbas blancas, me traería el regalo anhelado, previa consulta y autorización del Niño Dios o Jesús o Manuelito.
La tarea era harto complicada. Primero tenía que reflexionar, pensar, decidir que juguete “bueno con B de Basa” era el que más me impresionaba. Después, debía de convencer a alguno de mis hermanos, para que se encargara de la redacción de la misiva, la cual siempre comenzaba con un “Querido Papa Noel, en esta Navidad quisiera que me regales…”.
Años después, cuando aprendí a escribir en las las aulas del Centro Educativo 1100, me libré de ese enojoso paso y solito nomás arrancaba una hoja de un cuaderno cualquiera, cogía un lápiz y despacito comenzaba a trazar cada una de las letras.
Pero mi esmero era en vano. Mi caligrafía es un auténtico desastre -casi un jeroglifo- desde que escribí el precursor “mi mamá me mima” del ya legendario libro Coquito. Sin duda, Papa Noel debe haber sufrido horrores tratando de entender mis garabatos.
Al terminar la carta, doblaba la hoja y sin ponerle sobre ni estampilla -la economía de un niño es siempre deficitaria- la colocaba en el nacimiento familiar varios días antes de la nochebuena. De esa manera, me protegía ante cualquier retraso o contratiempo del correo.
Ahora que me esfuerzo por recordar aquellos momentos, me doy cuenta que esas cartitas fueron los primeros textos que escribí en mi vida. Sencilla, directa, concisa, mi correspondencia navideña incluía una terna de posibles regalos, ordenados de mayor a menor interés. Así el destinatario sabía con absoluta certeza, cual era el objeto que más deseaba.
Durante años, el niño Jesús y Papa Noel cumplieron afanosa y religiosamente con su función, y siempre se dieron maña para dejarme un regalito, no en una media o debajo de un árbol como se estila en estos tiempos, sino escondido por algún lugar de la casa.
Sí, la ponían difícil y había que dar vueltas y vueltas hasta encontrarlo debajo del sillón o en las profundidades de un armario. Pero, la angustia era muchísima mayor cuando viajábamos a Chincha, para pasar la nochebuena con los hermanos y hermanas de mi madre.
En esas navidades, nuestros regalos nunca llegaban a la “Cuna de Campeones” y teníamos que esperar el retorno a casa, el mismo que se alargaba de manera tortuosa, porque mis padres –muy respetuosos y formales- cumplían con el aburridísimo ritual de visitar a un puñado de tíos y tías que apenas conocía y a los que sólo veía en las fiestas de fin de año.
La tarea era harto complicada. Primero tenía que reflexionar, pensar, decidir que juguete “bueno con B de Basa” era el que más me impresionaba. Después, debía de convencer a alguno de mis hermanos, para que se encargara de la redacción de la misiva, la cual siempre comenzaba con un “Querido Papa Noel, en esta Navidad quisiera que me regales…”.
Años después, cuando aprendí a escribir en las las aulas del Centro Educativo 1100, me libré de ese enojoso paso y solito nomás arrancaba una hoja de un cuaderno cualquiera, cogía un lápiz y despacito comenzaba a trazar cada una de las letras.
Pero mi esmero era en vano. Mi caligrafía es un auténtico desastre -casi un jeroglifo- desde que escribí el precursor “mi mamá me mima” del ya legendario libro Coquito. Sin duda, Papa Noel debe haber sufrido horrores tratando de entender mis garabatos.
Al terminar la carta, doblaba la hoja y sin ponerle sobre ni estampilla -la economía de un niño es siempre deficitaria- la colocaba en el nacimiento familiar varios días antes de la nochebuena. De esa manera, me protegía ante cualquier retraso o contratiempo del correo.
Ahora que me esfuerzo por recordar aquellos momentos, me doy cuenta que esas cartitas fueron los primeros textos que escribí en mi vida. Sencilla, directa, concisa, mi correspondencia navideña incluía una terna de posibles regalos, ordenados de mayor a menor interés. Así el destinatario sabía con absoluta certeza, cual era el objeto que más deseaba.
Durante años, el niño Jesús y Papa Noel cumplieron afanosa y religiosamente con su función, y siempre se dieron maña para dejarme un regalito, no en una media o debajo de un árbol como se estila en estos tiempos, sino escondido por algún lugar de la casa.
Sí, la ponían difícil y había que dar vueltas y vueltas hasta encontrarlo debajo del sillón o en las profundidades de un armario. Pero, la angustia era muchísima mayor cuando viajábamos a Chincha, para pasar la nochebuena con los hermanos y hermanas de mi madre.
En esas navidades, nuestros regalos nunca llegaban a la “Cuna de Campeones” y teníamos que esperar el retorno a casa, el mismo que se alargaba de manera tortuosa, porque mis padres –muy respetuosos y formales- cumplían con el aburridísimo ritual de visitar a un puñado de tíos y tías que apenas conocía y a los que sólo veía en las fiestas de fin de año.
Sólo quedaba esperar, sonreír y mostrarse buenito nomás, porque como dice el dicho, en la puerta del horno se quema el pan y no fuera ser que por andar de berrinchudo, el Niño Dios y su socio se molestaran a última hora y ¡zas! me quitaran el regalo. Ya bastante habían hecho con perdonarme el pelotazo en la torta de bodas de uno de mis primos y el arrojo desde el balcón de los carritos de mi hermano.
Felizmente eso nunca ocurrió y siempre tuve la fortuna de abrir un obsequio el 25 de diciembre. Hoy -en la víspera de la navidad- espero que Papa Noel y el Niño Dios de mi infancia se acuerden de mí, aunque no les haya escrito una cartita.
Ojalá que ellos también se hayan modernizado y lean este post. Así me conceden lo que más deseo: viajar, escribir, fotografiar el Perú. Sólo eso, nada más que eso...
**Aprovecho esta entrada, para enviarle un abrazo virtual a todos los lectores de Explorando Perú y expresarles mi deseo ferviente que el 2008 sea un año extraordinario, con muchas alegrías y pocas tristezas. Salud amigos y amigas. Seco y volteado y sin olvidarse de que el que la seca la llena.
Comentarios