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De musarañas y damiselas

Me gana el tiempo. Debo viajar de nuevo y a pesar de eso sigo pensando en las musarañas. Tremendo desperdicio cuando podría o debería estar escribiendo como loco y, en el peor o mejor de los casos, pensando o buscando a alguna damisela de altas cualidades… -perdóname Alan por “piratear” u “homenajear” tu frase-; bah, pero ni lo uno ni lo otro, solo musarañas, muchas musarañas, tantas musarañas que las horas y los días volaron más rápido que sueldo mínimo.

Y eso me ha impedido hacer muchas cosas. No soy un vago o un perezoso. Sólo soy una víctima de las circunstancias. Las verdaderas culpables son nada más y nada menos que las musarañas. Lo digo sin duda ni murmuraciones y al estilo militar, ojalá nomás que a ningún generalote o almirante se le ocurra la peregrina idea de censurarme por dármelas de burlón.

Sé que muchos no me creerán. Tirarle dedo a las musarañas en vez de admitir mi supuesto relajo, como que no es muy frecuente, tal vez sea hasta insólito, pero repito, ellas, las musarañas, son las culpables. No las únicas porque también tienen vela en este entierro el tempo que pasa más apurado que de costumbre y las damiselas que no se dejan buscar y ni siquiera pensar -las muy sobradas, las muy choteadoras-. Y eso mata cualquier indicio de inspiración.

Por lo expuesto hasta aquí, si alguno de los perseverantes y heroicos lectores de Explorando, tiene reclamos o quejas por la demora en la publicación de la segunda entrada sobre los sucesos aventureros en el triple cañón de Suykutambo, no se desfoguen conmigo. Soy una inocente víctima de las circunstancias.

Con absoluta sinceridad, les cuento que me moría de ganas de describir todas las actividades deportivas y fiesteras, emocionantes y alborotadoras de un festival ecodeportivo que por cuarto año consecutivo, remeció las siempre exageradas y energéticas alturas de la provincia de Espinar (Cusco).

Mi propósito era contarles sobre la exhibición y competencia de canotaje desde Suykutambo hasta Machupuente, la cabalgata precursora que unió Toroyoc con el corazón de los tres cañones, justo donde nace el Apurímac, los vuelos en tirolesas hasta la ribera del río, los descensos a rapel en una pared rocosas que flanquea los cauces y el pedaleo incansable por una ruta polvorienta en la crecen los queñuales.

Todo eso quería compartir con ustedes pero no lo hice y ahora debo prepararme para viajar de nuevo. Estoy contra el tiempo y no les he dicho nada del concurso de danzas, de los comuneros que bailaban como en sus fiestas patronales; entonces, palpitan los bombos, las manos se entrelazan. Se zapatea, se goza. Se vive.

Qué lástima que no haya podido redactar sobre todo eso. Quizás lo haga cuando vuelva. Si no es así, ustedes ya saben a quiénes culpar.

*Vea más fotos del IV Festival Ecodeportivo, Turismo de Aventura y Danzas Tres Cañones Espinar, haciendo clic aquí.

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