miércoles, julio 20, 2005

Pura Selva

Safari nocturno

Cacería en las calles de Madre de Dios.


Una extraña noche en Puerto Maldonado (la capital del departamento de Madre de Dios), ciudad pequeña de casas de maderas y techos de palma, que se ha convertido en lugar de paso para acceder a la Zona Reservada Tambopata-Candamo y al Parque Nacional Bahuaja Sonene, dos áreas protegidas de impactante e incomparable belleza en la Amazonia peruana.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Las aguas oscuras, furiosas e incansables de un río que arrastra canoas, árboles y troncos, amenazan con meterse a las casas, los corrales y los campos de cultivo. Peligro, torrente embravecido, navegación suspendida: “hay que esperar, amigo; quizás mañana”, explica entre bostezos y gruñidos, un motorista ametrallado por las gotas robustas de la tormenta.

Dar la media vuelta. Retorno a la ciudad bulliciosamente sosegada. Paraguas abiertos, impermeables humedecidos, barro en las calles, charcos en las esquinas. La lluvia persiste, arrecia, se filtra en todo lugar, entonces, sólo queda esperar a que el aguacero concluya, para que el río Tambopata se tranquilice, acalle sus clamores beligerantes y deje de atacar a las indefensas canoas acodadas en el puerto.

Palabras de bienvenida a la ciudad de Puerto Maldonado, que se levanta en la confluencia de los ríos Madre de Dios y Tambopata: “camina sin miedo, aquí no pasa nada, no hay...” y la frase se trunca, porque un dedo sobre los labios ordena callar: “¿escuchas la voz de los insectos?

Un breve silencio para oír a los insectos ocultos en los matorrales y reiniciar la frase truncada: “ah, te decía, aquí no hay delincuentes. Nadie roba –surge un gesto de incredulidad- es verdad, te lo juro por Dios, no te estoy mintiendo –de la incredulidad a una abierta, irreverente y sarcástica sonrisa- si quieres no me creas, sólo te digo que aquí los policías se aburren. No tienen trabajo”.

Rodeada de lagos de singular belleza y famosa por sus crepúsculos en los que el Sol agoniza en un cielo fulgurante de matices naranjas, la ciudad amazónica de Puerto Maldonado, fundada a finales del siglo XIX, es una tierra de leyendas y mitos que nacieron de su ignota grandeza.

Azuzados por los fantásticos relatos de los nativos, los conquistadores españoles creyeron que en la selva enmarañada existían “ciudades perdidas”, como Paititi, la supuesta capital de un riquísimo imperio anterior al de los Incas, que nunca pudo ser derrotado por las huestes de los hijos del Sol.

Los españoles no dudaron en organizar riesgosas expediciones que generalmente partían de Cochabamba y Santa Cruz (Bolivia). Todos los intentos fueron fallidos. La Selva ocultaba sus misterios y contribuía a agrandar el mito. La ciudad perdida nunca fue encontrada y lo que es peor, ni siquiera se hallaron indicios razonables que hicieran creer en su existencia.

Puerto de sombras
Los minutos avanzan con paso cansino. La ciudad oscurece, el cielo se llena de estrellas. Sábado en Puerto Maldonado. Serena animación, luces de colores, parejas acarameladas, besos y caricias, brindis, música y baile... y un enjambre de motocicletas va de un lado para el otro y sus motores zumban, tosen, taladran los oídos. No dejan descansar, tientan al insomnio, invitan a salir.

Noche de recuerdos difusos. Calles excesivamente anchas, casas-huertas de madera con techos de palma, alamedas con bancas de cemento, aleros endebles que protegen de la lluvia. Un obelisco, un mercado de compradores envueltos en las sombras y comensales presurosos que saborean los platillos preparados por una mujeres de piel cetrina, manos agrietadas, cabellos azabaches.

Aroma a plátano frito, tacacho (plátano asado y molido), patarashca (pescado frito envuelto en bijao, una hoja característica de la región), sopa de motelo (tortuga)... “para chuparse los dedos, señor, baratito y con yapa”, anuncian, ofertan, promocionan las expertas cocineras del puerto, parapetadas en carretillas humeantes.

¿Hijas de la selva o migrantes andinas?... “Acá hay de todo un poco -responde uno de los clientes que, tenedor en mano, espera la llegada de un plato rebosante y oloroso- gente del Cusco y Puno, pero también pobladores de las comunidades nativas del departamento”... ¿Y usted de dónde es?... Muy tarde. El pedido está listo. La “mesa” está servida. Ya no hay tiempo para explicaciones ni palabras. Un “buen provecho, Señor”, reemplaza al apretón de manos del adiós.

Vuelve la lluvia. Otra vez hay que enfrentarse a las calles húmedas. Y hay que pensar en algo para no prestarle atención a las gotas o a la ropa mojada que se pega al cuerpo. Y recuerdas la pregunta sin respuesta. De dónde sería el hombre del tenedor en mano; quizás él también dejó el Ande y decidió probar fortuna en el monte o ¿sería un nativo de las etnias de Madre de Dios?.

Tal vez era descendiente de los huarayo o esse´ejas, valerosos guerreros de otros tiempos que enfrentaron a los ejércitos del Inca; o un maschos, una tribu sanguinaria y temida que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, recibieron un trato inhumano por parte de los “caucheros”; o de los huachiparis que andaban desnudos y que en raras ocasiones vestían trajes confeccionados con cortezas de árbol...

¿Se podrá navegar mañana?... “Tiene que esperar nomás, porque en la selva no hay certezas. Todo depende del clima”, responde el motoristas de los bostezos y gruñidos. Incertidumbre. Nadie sabe cómo estarán las aguas al día siguiente. No importa, quizás lo mejor sea olvidarse del río, para disfrutar plenamente, de la noche de Puerto Maldonado, la capital de la Biodiversidad del Perú.






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