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No quieres marcharte, pero ahí estás, parado en un recodo del camino a la espera de un ómnibus reumático que quizás nunca llegará.
“Sí, va a venir”, contradice tus pensamientos un arriero que abanica con su látigo a un par de amodorradas acémilas. “Sí, va a venir”, repite varias veces, como si quisiera sacudirse de las sombras de soledad que lo acompañan en los senderos lejanos.
No quieres marcharte, pero ahí estás, solo, sucio, ojeroso y cansado, a la espera de un bus que quizás sufrió un “infarto” en la milésima curva de una carretera espeluznante.
Y ¿si volviera mis pasos? –piensas, dudas, reflexionas- y ¿si me quedara?... “ah, podría contemplar el cielo arropado de estrellas, escuchar los susurros del viento y tratar de interpretar, una vez más, los sueños de un pueblo campesino”.
Pero el arriero tenía razón. El vehículo se aproxima, se agiganta, escupe monóxido. Se burla del silencio con los chillidos persistentes de su bocina... y cada vez está más cerca. Se detiene. Abre la puerta. Ya no hay espacio para la incertidumbre...
Subes –acaso con cólera, tal vez con resignación- y te sientas al lado de la ventana; entonces, el motor estalla en alaridos metálicos para anunciar su triunfo sobre los baches y los ascensos interminables. Se echa a andar. Se encabrita el polvo del camino. El sol repliega sus últimos rayos. Se presume la noche en el pueblo de Chavín (provincia de Huari, Ancash) y sientes rabia porque ya no serás parte de ella.
Todo comienza a quedar atrás. La pileta bañada de bronce, las calles de barro, los niños risueños que juguetean con un par de perros chuscos mordedores del viento, los hombres encorvados que aran la tierra y saludan con palabras en quechua, las mujeres que hilan en majestuoso silencio, las chiquillas azoradas que se derriten de vergüenza y sonríen con infinita timidez.
En el Balcón
Sí, todo comienza a quedar atrás. Los caminos de serpiente, la cadena sinuosa de cerros empinados, la iglesia discreta de enhiestos campanarios, la cruz protectora que recoge las plegarias de los arrieros, las casas de adobe maquilladas con pintura al agua, y, claro, también el balcón, inolvidable a pesar de su frágil pequeñez de madera apolillada.
El camino es prisionero de la penumbra. La sierra oculta sus corrugados encantos bajo el manto protector de la oscuridad. No puedes ver nada, sólo el reflejo de tu rostro en la ventana. Te arrepientes de haber subido al ómnibus y piensas en las farolas de la Plaza de Armas de Chavín: ya estarán encendidas –susurras- ya estarán acuchillando, con su amarillento resplandor, el negro cuerpo de la noche.
Quisieras estar en el balcón y no en ese asiento desfondado que te maltrata la columna, pero es inútil, ya no puedes volver a esa atalaya de nocturnidad, a ese refugio contra el insomnio desde el cual pretendías intuir o develar los sueños de una comunidad, casi tan antigua como la civilización andina.
Misterios de la historia en los límites del pueblo: plazas, templos, galerías, pasajes subterráneos y cabezas clavas. Construcciones fabulosas en la zona arqueológica de Chavín de Huantar; tan fabulosas que, en 1553, el cronistas español Pedro Cieza de León, escribiría que semejante alarde arquitectónico, sólo pudo ser edificado por una “raza de gigantes”.
Vuelta en el tiempo. Los Andes hace tres mil años: cientos, quizás miles de peregrinos llegan al templo, localizado en el valle del río Mosna (3,150 m.s.n.m.). Ellos saben que su oráculo es preciso, certero, casi infalible. Esa es la razón de las ofrendas y los rituales; y, también, del poder religioso, cultural y político de Chavín, la primera gran civilización del Perú.
De todas las regiones llegaban al templo, que tenía dos sectores: el viejo, rectangular con dos alas que rodean una plaza circular, y el nuevo, llamado Castillo, fácilmente reconocible por su portada de piedra blanca y negra.
La ceremonia no empezaba. La gente estaba ansiosa, anhelante, fervorosa...mataba el tiempo de espera, observando a las cabezas clavas (litoesculturas con rasgos de humanos y felinos) prendidas de las paredes, hasta que los sacerdotes iniciaban el culto.
Esos hombres hablaban con los dioses, desaparecían de un lugar y aparecían en otro, ante la mirada atónita y perpleja de los fieles, quienes ni siquiera sospechaban que por debajo de los templos, existía una red de galerías y pasadizos ocultos, utilizados por los representantes divinos, en sus portentosos y sorprendentes actos ceremoniales.
En la intersección de las galerías subterráneas, se encuentra el célebre Lanzón Monolítico, una escultura de más de 4 metros de altura. Tallado en granito, representa a un ser antropomorfo con colmillos de felino, que debió ser muy importante en el culto debido a la estratégica posición que tiene en el complejo.
Retorno a la noche eterna e inolvidable del pequeño balcón. Chavín duerme arrullado por el viento, protegido por los apus. Silencio, no hay que despertar a un pueblo que sueña con tiempos mejores: lejos del hambre y la miseria, cerca a su atávica grandeza de templos de piedra y cabezas clavas.
Comentarios
Nunca es tarde para aprender y conocer al gran felino de Chavín; en todo caso si conoces a alguien que tenga que hacer tareas de Perú, recomiéndanos.
Saludos,
Me encanta conocer sobre las civilizacioes indígenas. Acá en Costa Rica tenemos muy poco, y lo que hay no es apreciado como se debería. Importante labor la tuya.
Un abrazo,
Marce.
El gigante no toca ningún pito... no es músico, bueno, al menos hasta ahora.
Si quieres saber más del lanzón visita esta página: chavin.perucultural.org.pe/lanzon.shtml. Espero que el enlace te sirva.
Un abrazo desde el Perú.